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Miscelánea.

Monday, October 30, 2017

Entrando en sociedad

Tercer día:

—Tío, una cosa que nos preguntamos todos es por qué no llamaste antes de venir.
—Ah, ¿había que llamar antes?
—Bueno, a ver, yo llamé un mes antes de incorporarme al hospital. Y me vine una semana antes de que empezaran los cursos. Ya sabes, para presentarme y conocer a la gente.
—Vaya, qué interesante. A mí me dijeron los de RRHH que viniera el 24, así que cogí el avión el 23.
—¿No se te ocurrió hablar con nadie del departamento?
—¿Para qué?
—Para decir que venías.
—¿Para qué? ¿No lo sabía ya todo el mundo?
—¡No sabíamos nada de ti, hasta te buscamos en Google!
—Ah, sí, ¿algo interesante...?
—¡No estás en Facebook, ni en Linkedin, ni en ninguna parte, es como si no existieras!
—Oh, vaya.
—Entonces, ¿por qué no confirmaste que cogías la plaza?
—¿Para qué?
—...


Tercera semana:

—Oye, ¿has quedado con tus coerres?
—No sé cómo.
—¿No tienes sus teléfonos?
—Yo jamás pido el teléfono.
—¿¿No estás en la lista de whatsapp de este año??
—¿Hay una lista de whatsapp?
—¡Siempre hay una! ¿Pero qué has hecho durante los cursos de bienvenida?
—He tratado por todos los medios de mantener los ojos abiertos y no dormirme.
—¿Y no has hablado con nadie?
—Sí, con tres o cuatro, no he tenido más remedio.
—¿Y no les has pedido el teléfono?
—Yo no pido el teléfono a la gente, me parece muy invasivo.
—Pero, pero... ¿Y no das el tuyo?
—Si no me lo piden, pues no.
—Pero entonces... ¿No has quedado con nadie?
—No, ¿para qué?





Tercer mes:

—Para una tía que me cae bien y va y se pira.
—Bueno, vuelve en seis meses.
—Pero yo me voy en siete.
—Ah, haber estado más proactivo.
—Mññsss.
—Por cierto, ¿ha dicho algo por whatsapp desde que se fue?
—No... Mandé un meme y respondió poco. Y luego nada.
—¿Mandamos otro mensaje a ver cuánto tiempo tarda en responder?
—Seguro que tarda más de una semana.
—Recuerda que la última vez que apostamos gané yo.
—Ya...
—Podemos mandar un mensaje cada lunes y ver cuánto tarda en decir algo.
—Podemos calcular el tiempo medio de respuesta.
—Y el inverso del Tiempo Medio será la Constante de Desinterés.
—Cuanto mayor sea, menos tiempo tardará en olvidarse de nosotros.
—Yo digo que tarda tres días en responder.
—Yo digo cuatro.
—¡Venga, dile algo, verás qué risa!
—¡Sí, seguro que le caemos mal!
—¡Juas, claro!
—¿Aún puedo decir cinco días?





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Tuesday, October 3, 2017

La batalla de las colinas del portátil

—Hola, muy buenas, le llamaba para saber si confirma su asistencia al curso "La estadística me salvó la vida".
—Claro, por supuestísimo. Sin ese curso mi currículum no tiene sentido ninguno.
—Perfecto, bien, excelente. ¿Ha leído el correo que le hemos enviado?
—Sí. No. En diagonal. No me acuerdo. ¿Era importante?
—Verá, para realizar este curso tiene que traernos antes su portátil para que le instalemos tres programas.
—Ajá, sí, claro. Mi portátil. 


—Jefa, me dicen los de la Comisión de Cursos Inútiles que tengo que llevar mi portátil para poder hacer el rollo ese de estadística.
—¿Y? ¿No tienes portátil?
—A ver, ésa no es la cuestión. Lo importante es que si el curso es obligatorio ellos me tendrían que facilitar todo el material, ordenador incluido. Y que si es voluntario lo va a hacer Rita The Singer Morning.
—¿Pero tienes portátil?
—No estás captando LA ESENCIA.


—Hola, muy buenas, ¿qué desea? ¿Se ha perdido? Como estamos en el sótano siempre nos llega gente buscando Radioterapia.
—No, no. Esto es Informática, ¿verdad?
—Exacto. Observe nuestras identificaciones de color azul y nuestra ropa civil.
—Y que no tienen ventanas.
—Y que no tenemos ventanas.
—Bueno, verán, vengo porque me han dicho que tengo que traer mi portátil para que me instalen tres programas para un curso.
—Sí, sí, es usted el segundo que viene por aquí.
—¿El curso no empieza la semana que viene?
—Sí, pero como no han avisado a nadie hasta ahora pues...
—Ya, ya, qué me va a contar, si yo venía a preguntar porque me parece todo un disparate.
—¡Eso pensamos nosotros!
—¡No pueden exigir portátiles! ¡No todos tienen uno!
—¡Y no es sólo eso! ¡No valen ni MAC ni XP!
—¡Qué me dice!
—¡Como lo oye, caballero!
—Cuénteme más.
—Verá, ahora que nadie nos oye... El que organiza este curso es una persona...
—¿ESPECIAL?
—Exacto, es una Persona Especial. Todos los años se hacía el curso en el aula de informática con un programa gratuito que ya está instalado en los ordenadores pero este año ha decidido que sería bueno manejar dos programas más.
—Ajá.
—Uno necesita una licencia y para el otro hay que descargar una versión de prueba que sólo funciona durante quince días. Es decir, como el curso, así que no se puede activar hasta el mismo día de comienzo.
—¿Y eso de la licencia? 
—Eso es lo mejor. Hemos pagado veinticinco licencias y hay cuarenta y cinco alumnos.
—Pero, pero...
—¡No sabemos cómo lo vamos a hacer para que todos puedan manejar ese programa!
—Esto es maravilloso.
—Entonces, ¿ha traído usted su portátil?
—Claro que no.



—Buenos días, ¿es la Comisión de Educación Excepcional?
—Así es. Dígame qué desea.
—Verá, he visto que tengo que hacer un curso de estadística y que tengo que llevar antes mi portátil para que me instalen unos programas.
—Exacto. Son unos programas buenísimos. Hacen cosas.
—Desde luego, no esperaba menos. Sin embargo, tengo un problema.
—¿Qué me dice? 
—Me es imposible traer mi portátil al trabajo.
—¿Y cómo es eso?
—NO TENGO PORTÁTIL. SOY POBRE.





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Monday, September 11, 2017

CRICH-CRICH

Cuando coges un folio de buen gramaje y lo estrujas para hacer una pelota, 
el papel cruje de un modo característico. CRICH-CRICH.



«La gente no tiene vergüenza alguna, siempre metiéndose en los asuntos de los demás. A ver, aunque compartamos despacho, cuando viene una chavala a verme, una chavala lindísima, guapísima, monísima, solicísima, escualísima, está claro que viene a verme a mí y que lo lógico es salir a dar una vuelta, subir un par de plantas, pasar por Ingeniería a recoger cualquier cosa. Lo que no se hace es estar ahí, como trabajando, a un metro. ¡No tiene sentido! Vale, de acuerdo, en realidad Deisi Alejandra ha dicho que viene a vernos, pero es una forma educada de hablar y yo tengo cosas importantes que contarle. COSAS SECRETAS.

Y ahora este tío no se va y tengo que susurrar cuando no mira... Y yo no sé susurrar. Soy un hombre, los hombres tenemos un torrente de voz. Un vozarrón. ¡Una tormenta! Necesito un papel y un boli. Tengo COSAS que contar. Es importante. Bueno, ahora parece que anda despistado mirando fijamente un excel. Dios sabe que esas cosas son como agujeros negros que te absorben el alma, seguro que no se entera de nada, ¡pero debo tener cuidado, necesito algo donde escribir...! Aquí, un folio. Un boli. Uno que escriba bien. Tengo que escribir esto de forma sencilla pero directa. Algo elegante. Sé que puedo confiar en esta mujer, seguro que me aconseja sabiamente porque me adora. Tengo que contárselo. El amor está en el aire. Esa chica del otro lado del pasillo... Yo creo que hay algo, como magia. Magia de verdad. Qué nervios. Mi novia no puede enterarse, ¡son amigas, maldita sea!

Lo escribo rápido, se lo enseño a ella, lo comentamos discretamente, él no se va a dar cuenta...

MIERDA, ¿¿HA GIRADO LA CABEZA??»


CRICH-CRICH


«Joder, pero cómo es posible, ¿es que ha oído la punta del bolígrafo al deslizarse por el folio? ¿Es que ha olido la tinta? Menos mal que he escondido el papel a tiempo. Pero no me fío, no puedo dejarlo por aquí, quizás lo encuentre de casualidad. Cómo odio compartir despacho en estos momentos. Mejor tiro el papel a la papelera o lo llevo a casa. ¡No, a casa no! ¡Mi novia...! La papelera, la papelera está bien. Pero no la del despacho, tiene que ser en otro sitio, tengo que aprovechar alguna excusa para salir al pasillo, ahí hay más papeleras... Aunque sería sospechoso no tirar algo en esta de aquí ¡Piensa, maldita sea, piensa!

Oh, aquí viene Diógenes, el novio de Deisi. Bien, bien. Ahora se pondrá a hablar de cine absurdo o de dibujitos animados y en la confusión me deslizaré fuera de aquí. Sólo necesito esperar el momento. Sonríe, sonríe, mantén la conversación bien encauzada. Ya estamos los cuatro hablando, esto es perfecto. Luego le mandaré un guasap a Deisi Alejandra y le preguntaré sobre el tema. Seguro que me aconseja sabia y humildemente. Qué buena chica es. Si no fuese porque tengo novia, y porque me gusta la amiga de mi novia, pues, bueno, ¡necesitaría otro folio!

¡El folio!

Lo guardo en el bolsillo, salgo al baño, lo tiro a la papelera... Es un movimiento natural y fluido, nadie va a darse cuenta.»


CRICH-CRICH


«Todo está saliendo bien. Míralo, ajeno a todo. No sé para qué me he preocupado, este hombre no se enteraría de una invasión alienígena ni aunque se anunciaran con trompetas y fuegos artificiales. Ha pasado del excel a leer las noticias sobre el huracán Irma y luego a hablar de tonterías con Diógenes, ¡sin enterarse de nada! En fin, es la hora de irse y aún no ha recogido. Es extraño, siempre sale corriendo el primero para evitar atascos. No me fío, no me fío. Hay algo descolocado en esa cabeza suya. Es un tío raro. Habla raro. Dice cosas raras.»



«Venga, lo espero. Me despido de estos dos. Con qué soltura estoy manejando esta situación. Soy como Pirs Brosman, el mejor James Bond que ha existido jamás. Ajá, aquí sale. Vamos a pasar junto a la papelera. ¡Si la mira tendré que matarlo...!

Nada, es de palo, ni ha pestañeado. El papel casi puede verse desde dos metros y él no para de hablar. Dios mío, ¿qué me está contando?, ¿qué le estoy diciendo? Ya sólo queda salir a la escalera. Subimos un piso. Luego subimos otro. Él cruza la calle para ir al párking mientras yo sigo recto en dirección al tranvía. No sé si volverme a mirar... ¿Estará yendo al párking? ¿¿Y si se gira de repente y vuelve a buscar en la papelera?? ¡Tengo que mirar! ¿Dónde está?

Ah, ahí va, buscando algo en los bolsillos. Seguramente las llaves del coche. Ahora entra al párking. ¿Y si se espera y sale cuando yo no esté? Nahh, estás paranoico, nadie haría eso. No se ha enterado de nada. Si hubiera sospechado algo ya se habría delatado. Habría bromeado sobre la nota que no sé si me vio guardar, habría intentado quedarse trabajando hasta más tarde, habría hecho como si tirase algo a la papelera, habría mirado, ¡algo habría hecho! Pero nada. Excel. Noticias. Cháchara absurda. Viaje al párking. Es imposible que haya disimulado todo este tiempo y que ahora esté esperando a que yo desaparezca de la vista. Nadie es tan retorcido y tan cotilla a la vez.

Puedo irme a casa tranquilo, nadie va a coger ni leer ese papel jamás, ¡mi secreto está seguro en esa papelera!»


CRICH-CRICH






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Thursday, September 7, 2017

El pijama y la sabana

Cuando la fauna de la sabana se reúne para pastar, aunque todas las especies compartan espacio y alimento, los grupos se mantienen separados entre sí. Los ñúes van por un lado, las cebras por otro, las gacelas pasean por allí lejos, las jirafas buscan las acacias que se levantan desperdigadas entre la hierba... Los grupos se cruzan pero mantienen su cohesión interna. Siempre hay algún espíritu problemático que busca los límites pero la mayoría jamás se aventura más allá de su zona de confort. Desde el punto de vista de una rapaz la sabana debe de parecerse bastante a una despensa bien ordenada.

En la cafetería del hospital pasa exactamente lo mismo.

Cuando uno llega por la mañana es difícil encontrar a las técnicas de laboratorio porque entran a trabajar media hora antes, pero siempre ves enfermeras, médicos, administrativos, encargados de mantenimiento, ingenieros y celadores. Algunos son muy fáciles de distinguir porque llevan ropa especial. Por ejemplo, los señores (todos son señores) que mantienen en marcha todas las tripas del hospital van de gris. Llegan temprano, piden cafés tan negros como el alma de un concejal de urbanismo, beben y se largan. Su lucha para mantener el aire acondicionado funcionando los convierte en dioses.

Los ingenieros, por su parte, van de civil. Nada de ropa especial. Viven en los sótanos del Edificio Viejo, más allá de la zona sinuosa donde habitan los cocineros. Atraviesas mil pasillos y llegas a sus talleres. Son un puñado de habitaciones mágicas donde huele distinto. Hay piezas grasientas, herramientas y cables pelados. Hay ecógrafos que no pasan por su mejor momento y detectores de radiación que funcionan peor que una buena imposición de manos. Hay tornos, microondas, estantes con maquinaria despiezada. Sin duda alguna es el mejor lugar del hospital para trabajar. Cuando vas a verlos, casi siempre llevando algún trasto rebelde, te miran como si fueras un inútil que no sabe nada de Lo Realmente Importante De La Vida.

—¿Qué quieres, Juan Nieve?
—Se me ha roto el desfibrilador escalotrópico.
—Eres un puto inútil, Juan Nieve. No sabrías arreglar ni ese iPhone falso que llevas.
—Sí, maestro. ¿Tardará mucho en arreglar mi desfibrilador?
—Ven mañana o pasado. No estará pero me gusta insultarte.


También va de civil el personal administrativo. Se sientan juntas y ponen cara de saber lo que secretamente se cuece en el hospital. Además, tienen acceso a las fotocopiadoras y al precioso material de oficina, algo que en algunas plantas es más importante que el turismo en Murcia. En mi servicio, por ejemplo, si se nos gasta el tóner nuestro trabajo se detiene. Peor aún, si nos cortan el suministro de grapas el registro de entrada de radioisótopos se vuelve caótico y miles de personas mueren en todo el mundo por ello.

Las enfermeras y las médicos suelen ir de blanco, y esto hace difícil distinguirlas a simple vista cuando llevan el pijama completo. Es decir, a menos que lleven visible su tarjeta identificativa, que es de un color u otro según su estatus en la sabana. Amarillo para médicos, rosa para todos los demás. A veces las médicos tienen consulta y entonces van de civiles con bata. La bata es un arma de poder, como la Espada de Grayskull. Sólo las llevan los médicos (y gentuza similar, como los radiofísicos). En mi cabeza la bata es de armiño y viene con un cetro a juego.

El pijama es comodísimo y quieres casarte con él una vez que lo pruebas.

Dentro del grupo de médicos hay una raza especial, los cirujanos. Son casi todos hombres. Hombres de pelo en pecho. Seductores. Hombres de verdad. Van de verde brillante. A primera hora están relucientes pero después de pasar por quirófano llevan medallas de sangre. Llegan a la cafetería, rugen, dejan que su melena oscile en la brisa del aire acondicionado, se miran en el espejo que hay junto a la puerta, guiñan un ojo a los demás médicos, se acercan a la barra, arrojan fardos de billetes de quinientos euros y jamás piden la vuelta. Todos beben café con leche y leche condensada; más el azúcar, claro.

Los enfermeros de quirófano también van de verde pero no es lo mismo. Llevan otro aire. A los profanos que necesitamos entrar a quirófano para cualquier cosa nos dan un pijama azul hecho de un material tan biodegradable que prácticamente se deshace con el sudor. Te lo pones y te sientes la Reina Alien. No está mal pero no es un Auténtico Pijama Verde de Cirujano. Es un drama que por las noches te produce pesadillas angustiosas.



Otros médicos divertidos son los pediatras. Llevan unos pijamas especiales, también blancos pero con dibujitos. Yo quiero, necesito, un pijama de ésos. He intentado que me den uno pero el personal de lavandería no se deja engañar fácilmente. Te miran fijamente y saben —SABEN— que no eres esa eminencia italiana en pediatría que has dicho que eras. "¿Míster Mondonguini? No, no me suena".

He sugerido a mi grupo que deberíamos pedir unos pijamas temáticos propios para nosotros. Algo elegante con bonitos dibujos de diagramas de Feynman, representaciones atómicas obsoletas y ecuaciones de procesos radioactivos. Se lo han tomado a broma pero creo que es una idea con potencial. También podríamos hacer tazas y ganar un sobresueldo vendiéndolas en la cafetería.

Los celadores van de celeste. Están por todas partes, normalmente moviendo cosas y limpiando todo lo que vamos ensuciando los demás. Por mi servicio pasan poco porque somos gente astuta que no permite que nos invadan los pacientes y sus miasmas, pero cuando voy a la lavandería veo un millón de ellos. Pasan por mi lado y me ignoran, como si yo fuera un fráguel y ellos estuvieran levantando una importante construcción en mi cueva. Tienen pinta de hacer mejores fiestas que las enfermeras, pero no tanto como las técnicas.

Las técnicas de laboratorio se lo pasan mejor que nadie. Cuando sea mayor, si no llego a ministro, me haré técnico de radiología, aprenderé a hacer tartas con mucha leche condensada y prosperaré como ser humano. El futuro me llama.

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Saturday, August 5, 2017

Clases para adultos

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa. Por contra, si eres pobre, lo que necesitas son cursos intensivos para aprender cosas.

El primer día de clase siempre es especial porque determina cómo te va a ir todo el curso. A quién conoces, con quién te sientas, en qué fila te sitúas... Según sean tus elecciones podrás charlar en clase, dormir, coger notas, jugar al Apalabrados, montar jarana o hacer ejercicios sutiles para mantener a raya tus contracturas, torceduras y luxaciones. El segundo día es especial por lo mismo. Y el tercero, y el cuarto... Pero hay un momento indeterminado a partir del cual ya no puedes rehacer el roto del primer día. Si no te gustaba sentarte con esa gente haberlo pensado antes, tío melón.

Sabiendo que apenas había hablado con un puñado de personas el día anterior, cuando nos reunieron en grupos para darnos instrucciones, lo mejor sería llegar de los primeros, sentarse en cualquier parte y esperar que alguien me hablara (o no). Si eso casi funcionó en primero de BUP no veo por qué no iba a casi funcionar de nuevo ahora.

La sala era un trapezoide mal diseñado. La pared más amplia estaba cubierta de un ventanal gigantesco cubierto por cortinas. En frente, un poco de cualquier manera, había un estrado, una pantalla para proyectar didácticas presentaciones y una mesa alargada con butacones de apariencia cómoda. Entre las cortinas y el estrado, cinco filas de sillas con respaldos y asientos del mejor plástico que pueda comprarse en el sureste asiático. En total unos setenta asientos preparados para acoger a setenta y dos alumnos y algunos profesores. Llegando a primerísima hora te encontrabas un puñado disperso de asociales que habían tenido la misma idea que tú.

Por supuesto que no voy a sentarme con esa gente. Si están solos será por algo. ¡Gentuza, psicópatas, lumpen proletariat!

Menos mal que nunca salgo de casa sin el kindle.




Una vez sentado (penúltima fila y escorado a la izquierda, más o menos lo mismo que cuando voy al cine), sólo era cuestión de ir viendo cómo llegaban mis compañeros... En grupos. Qué gente tan sociable. Qué ruidosos. Cuántas sonrisas. ¿Por qué parecen tan felices? ¿Qué saben de estos cursos que yo no sepa? ¿Acaso los desayunos son gratis? Ahí llega una chica que vi ayer en el mismo avión que yo. Ahí va un grupo de cheerleaders con melenas y actitud de anuncio, directas a la primera fila. Aquí se acercan un grupo de chavales con pinta de haber ganado la Super Bowl. Oh, vaya, los chicos sudamericanos con los que coincidí ayer. ¿Serán pro-Kissinger? ¿Se lo pregunto a alguno? Mejor no. Voy a hacerme una bola por si no me recuerdan.

—¡Hola, qué tal, nos conocimos ayer!
—HOLA, HUMANOS, BUENOS DÍAS. ¿HABÉIS VISTO QUÉ CALOR HACE? ES EL SOL, CON SU LUZ.

Hijos de Satán, me han descubierto.

Acabadas las presentaciones aparecen unos señores con pinta de ancianos enrollados y nos explican por qué estamos allí. Parece ser que necesitamos estar unas dos semanas escuchando interesantísimas exposiciones sobre diversos temas. Nos van a venir fenomenal y vamos a aprender mucho. El Grupo Pelazo parece tomar nota. Los All-American hacen bromitas desde la quinta fila. Igualito que en primero de BUP.

Necesito un Plan B.


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